Nuestra historia de salvación comienza con la llamada de Dios a la existencia. Dios no creó al ser humano porque necesitase de él para ser feliz, sino para tener a quien amar y hacer partícipe de su felicidad. Quiso darnos la vida y llamarnos a compartir para siempre la alegría de su Reino.
Todos hemos sido llamados al cielo. Pero toda vocación entraña una llamada y una respuesta. Dios creó al hombre libre, capaz de acoger su amor, pero también de rechazarlo. Y el hombre dijo “no”. La armonía quedó herida, la fraternidad se quebró y el paraíso se convirtió en “valle de lágrimas”. Desde entonces, el llanto parece haberse hecho patrimonio de la humanidad.
Pero el pecado no cambió el corazón de Dios. Él no abandonó a sus hijos, sino que envió a Jesucristo para reconciliar al mundo consigo. Cristo no vino solamente a expiar nuestras culpas. Vino también a mostrarnos el rostro del Padre y a enseñarnos, con sus palabras y con su vida, qué significa ser verdaderamente humanos. Reunió discípulos, les confió el Evangelio y, con el don del Espíritu Santo, hizo de ellos su Iglesia, llamada a continuar su misión a lo largo de la historia.
Por eso no se puede aceptar a Cristo y prescindir de la Iglesia. Es cierto que las debilidades y los pecados de sus miembros pueden causar decepción e incluso escándalo. Pero la Iglesia no es una institución humana más ni una comunidad de personas perfectas. Cristo es su cabeza y el Espíritu Santo la sostiene; pero está formada por hombres y mujeres frágiles, necesitados también de conversión y de perdón.
Ninguno de nosotros es la Iglesia, pero todos somos Iglesia. Recibimos sus dones y colaboramos en su misión. Lo que procede de Dios la hace santa y hermosa; nuestras incoherencias, en cambio, desfiguran su rostro. Tal vez no seamos culpables de todos los males que se le atribuyen, pero sí somos responsables de la imagen que ofrecemos, porque nuestra conducta influye en el juicio que otros hacen de ella.
Amar a la Iglesia no significa negar sus errores ni justificar los pecados de sus miembros. Significa reconocer la santidad que recibe de Cristo y asumir la necesidad permanente de conversión, purificación y reparación. La santidad de la Iglesia no encubre nuestro pecado: lo denuncia y nos llama a superarlo.
El cardenal Ricardo Blázquez dio a uno de sus libros un título que resume bien esta cuestión: Jesús sí, la Iglesia también. No una Iglesia imaginada, formada por personas perfectas, sino la Iglesia real que Cristo quiso y a la que confió su Palabra, sus sacramentos y la misión de anunciar el Evangelio. Reconozcamos en ella cuanto procede de Dios, pidamos perdón por aquello que nuestras incoherencias desfiguran y vistámosla de fiesta con nuestra santidad personal. Esa será la manera más creíble de mostrar que la Iglesia no nos aparta de Jesús, sino que nos conduce hasta Él.
Indalecio Gómez
Canónigo de la Catedral